La República
La República —Por consiguiente, si siempre que se suscite cualquier discordia en el Estado, los ciudadanos han de arrasar las tierras y quemar las casas los unos a los otros, considera, te lo suplico, cuán funesto serÃa y cuán poco sensible se mostrarÃa cada partido a los intereses de la patria. Si la miraran como su madre y como su nodriza, ¿cometerÃan contra ellas tales excesos? ¿No deberÃan los vencedores darse por satisfechos, en razón del mal que debe causarse a los vencidos, arrancándoles la cosecha del año? ¿No deberÃan tratarlos como a amigos con los que no han de sostener una guerra perpetua, y con quienes han de reconciliarse algún dÃa?
—Esa manera de pensar —dijo— es mucho más propia de gentes civilizadas que la primera.
—Pero ¡qué!, ¿no es un Estado griego el que intentas fundar? —pregunté.
—Tiene que serlo —repuso.
—Los ciudadanos de este Estado, ¿no han de ser buenos y civilizados?
—Bien cierto.
—¿No han de ser también amigos de la Hélade? ¿No la mirarán como la patria común? ¿No tendrán la misma religión que los otros griegos?
—Sin duda igualmente.
—Luego sus desavenencias con los demás griegos las considerarán como discordias y no les darán el nombre de guerras.