La República
La República —Pero un alma sin armonÃa y sin gracia, ¿no se ve naturalmente arrastrada a observar un comportamiento sin mesura?
—¿Qué otro, si no?
—La verdad, ¿es amiga de la desmesura o de la mesura?
—De la mesura.
—Busquemos, pues, una mente amiga de la gracia y de la medida, y cuya tendencia natural apunte a la contemplación de la esencia de las cosas.
—¿Cómo no?
—Y todas las cualidades cuyo deslinde acabamos de hacer, ¿no se ligan entre sÃ, y no son todas ellas necesarias al alma que debe elevarse al más perfecto conocimiento del ser?
—Todas le son necesarias —dijo.
—¿Merecerá ser criticada bajo ningún concepto una profesión para la que no puede ser capaz sino el que está dotado de memoria, de penetración, de grandeza de alma, de afabilidad, y que es amigo y, en cierto modo, aliado de la verdad, de la justicia, de la fortaleza y de la templanza?
—El mismo Momo no encontrarÃa nada que observar —dijo.[1]
—A tales hombres, perfeccionados por la educación y por la experiencia, y sólo a ellos, deberás confiar el gobierno del Estado.