La República
La República —¿Tienes la misma idea que yo con relación a esta enseñanza? —dije.
—¿Qué idea?
—Parece tener por naturaleza la ventaja que buscamos: la de llevar a la comprensión; pero nadie sabe servirse de ella como es debido, pese a que es la más apta para atraer hacia la esencia.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Trataré de explicarte lo que pienso —dije—. A medida que vaya yo distinguiendo las cosas que creo propias para conducir a donde decimos, de las que no lo son, considera tú sucesivamente el mismo objeto que yo; después concede o niega según lo tengas por conveniente, y por este medio veremos mejor si la cosa es tal como yo me imagino.
—Ve mostrándolo —dijo.
—Mira, pues —dije—, si quieres, lo que te muestro: que, entre las cosas sensibles, unas no invitan en manera alguna al entendimiento a fijar en ellas su atención, porque los sentidos son los jueces competentes en este caso; y otras obligan al entendimiento a reflexionar, porque los sentidos no podrÃan pronunciar un juicio sano sobre ellas.
—Hablas, sin duda, de los objetos lejanos y de las pinturas sombreadas —dijo.
—No has comprendido bien lo que quiero decir —contesté.