La República
La República —Pues ¿qué quieres decir? —preguntó.
—Entiendo por objetos que no invitan al alma a la reflexión —dije— aquellos que no excitan al mismo tiempo dos sensaciones contrarias; y por objetos que invitan al alma a reflexionar entiendo aquellos que dan origen a dos sensaciones contrarias, puesto que los sentidos no se dan cuenta de que sea tal cosa o tal otra opuesta, ya hiera el objeto los sentidos de cerca o de lejos. Para hacerte comprender mejor mi pensamiento, he aquà lo que llamarÃamos tres dedos: el pequeño, el siguiente y el del medio.
—Muy bien —dijo.
—Ten entendido que los supongo vistos de cerca; y ahora haz conmigo esta observación.
—¿Cuál?
—Cada uno de ellos nos parece igualmente un dedo; poco importa en este concepto que se le vea en medio o al extremo, blanco o negro, gordo o delgado, y asà de lo demás. Nada de esto obliga al alma de la mayorÃa a preguntar al entendimiento qué es un dedo; porque jamás la vista ha atestiguado que un dedo fuese, al mismo tiempo, lo contrario de un dedo.
—No, sin duda —dijo.
—Es natural, pues —dije—, que en este caso nada excite ni despierte al entendimiento.
—Es natural.