La República
La República —Gran verdad es la que dices —asintió.
—Si se les pregunta: «Varones admirables, ¿de qué número habláis?, ¿dónde están esas unidades tales como suponéis, perfectamente iguales entre sà sin que haya la menor diferencia, y que no se componen de partes», mi querido Glaucón, ¿qué crees que responderán?
—Creo que responderÃan que ellos hablan de cosas que no se pueden comprender de otra manera que por el pensamiento.
—Ya ves, mi querido amigo —dije yo—, que no podemos absolutamente pasar sin esta ciencia, puesto que es evidente que obliga al alma a servirse del entendimiento para conocer la verdad en sÃ.
—Asà lo hace, efectivamente —dijo.
—¿No has observado también que los que han nacido para calculistas tienen mucha facilidad para aprender casi todas las ciencias, y que hasta los espÃritus tardos, cuando se han ejercitado con constancia en el cálculo, alcanzan, por lo menos, la ventaja de adquirir mayor facilidad y penetración para aprender?
—Asà es —dijo.
—Por lo demás, no te serÃa fácil encontrar muchas ciencias más penosas de aprender y de practicar que ésta.
—No, en efecto.