La República
La República —Las cosas no dejarÃan de pasar como dices. Pero ¿cómo se relaciona esta imagen con los que se consagran a la dialéctica?
—De la manera siguiente: ¿no se nos educa desde la infancia en los principios de justicia y de honestidad, principios que honramos y obedecemos como a nuestros padres?
—Asà es.
—¿No hay también —segu× máximas opuestas a estos principios, máximas que sólo prometen placer y que asedian nuestra alma como otros tantos aduladores, pero que no arrastran a los que tengan un mÃnimo de mesura, que conservan siempre el mismo respeto y la misma sumisión a aquellos otros principios paternos?
—Asà es.
—¿Y qué? —dije yo—. Si llega a preguntarse al que está en esta disposición de espÃritu qué es lo que se llama honroso, y si después de haber respondido conforme a lo que aprendio de boca del legislador, se le rebate su respuesta, se le confunde en repetidas ocasiones y se le pone en la necesidad de dudar si aquello es más honroso que deshonroso; si se repite esta escena con respecto a lo justo, a lo bueno y a las demás cosas que él reverenciaba, ¿qué partido te parece que tomará en razón del respeto y de la sumisión que prestaba antes a los principios?