La República
La República —Poco más o menos de la manera siguiente: «Es difÃcil que en un Estado asà constituido haya movimientos; pero como todo lo que nace está destinado a perecer, tampoco ese sistema de gobierno subsistirá eternamente, sino que se disolverá algún dÃa, y he aquà cómo. Hay, no sólo para las plantas que nacen del seno de la tierra, sino también para el alma y el cuerpo de los animales que viven sobre su superficie, cambios de fertilidad y de esterilidad. Estos cambios tienen lugar cuando cada especie termina y vuelve a comenzar su revolución circular, la cual es más corta o más larga según que la vida de cada especie sea más larga o más corta.[6] Vuestros magistrados, por hábiles que sean y por mucho que los auxilien la experiencia y el cálculo, podrán no determinar exactamente el instante favorable o contrario a la propagación de su especie. Se les escapará este instante, y darán al Estado hijos en épocas desfavorables. Las generaciones divinas tienen un perÃodo que comprende un número perfecto, pero, respecto a la raza humana, hay otro número que es el primero en el cual se producen incrementos de potencia simple y reforzada,[7] con tres intervalos y cuatro términos, semejantes y desemejantes, crecientes y menguantes, y que hacen aparecer todas las cosas como acordadas y racionales entre sÃ. La base, cuatro, conjugada con el cinco y aumentada tres veces, produce dos armonÃas: la una, uniforme, multiplicada otras tantas veces por cien; la otra, equilátera en un sentido, pero oblonga en conjunto, resultante de cien números de la diagonal racional de cinco, disminuidos en uno, o de diagonales irracionales de cinco, disminuido cada número en dos, asà como cien cubos de tres. He aquà el número geométrico, que de este modo domina todo él sobre los nacimientos mejores o peores. Ignorando la virtud de este número, vuestros magistrados harán contraer en épocas indebidas matrimonios de los que nacerán bajo funestos auspicios hijos de mala Ãndole. Sus padres escogerán, es cierto, los mejores de entre ellos para que ocupen su lugar; pero como serán indignos de sucederles en sus puestos, apenas se vean elevados, cuando ya comenzarán a despreciarnos a nosotras (las Musas), no haciendo de la música el caso que debieran, y despreciando en igual forma la gimnasia, de donde resultará que la educación de vuestros jóvenes será mucho menos perfecta. Y asà los magistrados que fueren escogidos de entre ellos no tendrán el talento de discernir las razas de oro, de plata, de bronce y de hierro, de que habla HesÃodo,[8] y que se encuentran entre vosotros. Llegando, pues, a mezclar el hierro con la plata y el bronce con el oro, resultará de esta mezcla una falta de conveniencia, de regularidad y de armonÃa, defecto que, allà donde aparece, engendra siempre la enemistad y la guerra. Ésta es la raza origen de la discordia en todas partes donde surge».