La República
La República —Es sórdido —dije yo—, en todo busca ganancia, no piensa más que en atesorar; en fin, es de aquellos a quienes el vulgo admira. ¿No es éste un retrato fiel del carácter análogo a aquel sistema?
—Asà lo creo —dijo—, porque ni para aquel Estado ni para aquel hombre hay nada que deba ser preferido a las riquezas.
—Sin duda que este hombre —dije— apenas si ha pensado en instruirse.
—No hay trazas de ello —dijo—, porque en tal caso no se dejarÃa conducir por un guÃa ciego ni lo tendrÃa en tal estima.[12]
—Bien —dije—. Atiende a lo que voy a decir. ¿No podremos afirmar que la falta de educación ha hecho nacer en él deseos que corresponden a la naturaleza de los zánganos, unos siempre indigentes, otros inclinados siempre a obrar mal, deseos que contiene con gran violencia por tener otros intereses.
—Desde luego —dijo.
—¿Sabes dónde has de mirar para ver sus deseos maléficos?
—¿Dónde?
—A las tutorÃas de huérfanos o a cualquier otra comisión en que tenga libertad de obrar mal.
—Tienes razón.