La República
La República —¿No es claro que, si en otros negocios goza de buena reputación por parecer un hombre justo, es porque contiene sus malos deseos con una especie de prudente violencia, no por virtud ni por exigencia de la razón, sino por necesidad o por temor de perder sus otros bienes?
—Es cierto —dijo.
—Pero cuando se trata de gastar bienes ajenos —dije yo—, entonces es, por Zeus, mi querido amigo, cuando descubrirás en los hombres de esta condición deseos propios de la naturaleza de los zánganos.
—Estoy convencido de ello —dijo.
—Un hombre de tal carácter experimentará necesariamente rebeliones dentro de sà mismo; habrá en él dos hombres diferentes, cuyos deseos combatirán entre sÃ, y de ordinario los mejores podrán más que los peores.
—Asà es.
—Por esta razón, creo yo, en el exterior aparecerá más moderado y más dueño de sà mismo que muchos otros. Pero la verdadera virtud, la que produce la armonÃa y la unidad, está muy distante de encontrarse en su alma.
—Pienso como tú.