La República

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—Si se suscita alguna cuestión de honor entre particulares o una lucha entre conciudadanos, este hombre, por tacañería, no será un rival de cuidado. No gusta de gastar su dinero por cosas de honor ni por esta clase de combates, porque teme despertar en su alma deseos pródigos y llamarlos en su auxilio. Se presenta, pues, en la lid a la manera oligárquica, es decir, con una pequeña parte de sus fuerzas; queda casi siempre derrotado; pero sigue rico.

—A buen seguro —dijo.

—¿Dudaremos aún de la perfecta semejanza que hay entre el hombre avaro y negociante y el gobierno oligárquico?

—En modo alguno —dije.

X.—Me parece que corresponde ahora examinar el origen y las costumbres de la democracia, y observar después estas mismas cualidades en el hombre democrático, a fin de que podamos compararlos entre sí y juzgarlos.

—Eso es, si hemos de seguir nuestro método acostumbrado —dijo.

—Pues bien —dije yo—, ¿no se pasa de la oligarquía a la democracia a causa del deseo insaciable de estas mismas riquezas, que se miran como el primero de todos los bienes en el gobierno oligárquico?

—¿Cómo?


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