La República

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—Los gobernantes, que deben los cargos que ocupan, creo yo, a las inmensas riquezas que poseen, se guardan bien de reprimir mediante la severidad de las leyes el libertinaje de los jóvenes corrompidos, ni de impedir que se arruinen con sus despilfarros, porque su plan es comprarles los bienes, hacerles préstamos con crecidos intereses, y aumentar por este medio sus riquezas y su crédito.

—Sin duda.

—Pero ¿no es evidente que en todo Estado, cualquiera que él sea, es imposible que los ciudadanos estimen las riquezas y practiquen al mismo tiempo la templanza, sino que es una necesidad que sacrifiquen una de estas dos cosas a la otra?

—Eso es completamente evidente —dijo.

—Así es que en las oligarquías, los magistrados, por su tolerancia con el libertinaje, han reducido muchas veces a la indigencia a hombres bien nacidos.

—Ciertamente.

—Esto da origen a que haya en el Estado gentes provistas de aguijones, unos oprimidos con las deudas, otros despojados de sus derechos y algunos que padecen de ambas cosas, todos los cuales se hallan en permanente hostilidad contra los que se han enriquecido con los despojos de su fortuna y contra el resto de los ciudadanos, no aspirando más que a promover una revolución.

—Así es.


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