La República
La República —Sin embargo, los negociantes van con la cabeza gacha, preocupados con su negocio y sin reparar en los que han arruinado; hieren, hincándoles el aguijón de su dinero a los que se ponen a su alcance y recogen los multiplicados intereses que engendra su capital, multiplicando por este medio en el Estado la raza de los zánganos y de los pobres.
—¿Cómo no ha de multiplicarse? —dijo.
—No quieren, a pesar de eso, contener esta plaga creciente —dije yo—, ya impidiendo a los particulares disponer de sus bienes a su capricho, o ya mediante una ley que impida igualmente el progreso del mal.
—¿Y cuál es esa ley?
—Una que es natural emplear a falta del primer remedio, y que obligaría a los ciudadanos a preocuparse de su virtud; porque si los contratos voluntarios se celebrasen a cuenta y riesgo del prestamista, la usura se ejercería con menos descaro y en el Estado no abundarían tanto los males de que he hablado.
—Muy cierto —dijo.
—Así se ven los ciudadanos reducidos a este triste estado —dije yo— por culpa de los gobernantes, y como una consecuencia necesaria, estos mismos se corrompen y corrompen a sus hijos, los cuales, pasando una vida voluptuosa sin ejercitar su alma ni su cuerpo, se hacen débiles e incapaces de resistir al placer y al dolor.
—¿Cómo no?