La República
La República —¡Y esta indulgencia, esta manera de pensar ajena a todo escrúpulo mezquino, que hace que se desdeñen aquellas máximas de que nosotros hemos tratado con tanto respeto al trazar el plan de nuestro Estado, cuando dijimos que, a no estar dotado de una naturaleza extraordinaria, ninguno podrÃa hacerse virtuoso si desde la infancia no habÃa jugado rodeado de cosas bellas para después aplicarse a cosas semejantes!... ¡Ah! ¡Con qué magnÃfica indiferencia se pisotean todas estas máximas, sin tomarse el trabajo de examinar cuál ha sido la educación de los que se injieren en el manejo de los negocios públicos! ¡Qué empeño, por el contrario, en acogerlos y en honrarlos, con tal que se digan amigos del pueblo!
— ¡Noble régimen, sin duda! —dijo.
—Tales son, entre otras muchas, las caracterÃsticas de la democracia —dije yo—: Es, como ves, un gobierno muy cómodo, donde nadie manda; en el que reina una mezcla encantadora y una igualdad perfecta, lo mismo entre las cosas desiguales que entre las iguales.
—Nada dices que no sepa todo el mundo —dijo.
XII.—Considera ahora —prosegu× este carácter en un individuo particular, o más bien, para seguir siempre el mismo orden, ¿no debemos ver antes cómo se forma?
—Sà —dijo.