La República
La República —¿No se forma de esta manera? El hombre avaro y oligárquico tiene un hijo al que educa en sus mismas costumbres.
—¿Cómo no?
—Este hijo, a ejemplo de su padre, domina por la fuerza los deseos que podrÃan conducirle al despilfarro y que son enemigos de la ganancia, los que se llaman superfluos.
—Evidentemente —dijo.
—¿Quieres que para no avanzar a tientas —dije yo— comencemos por distinguir bien los deseos necesarios de los deseos superfluos?
—SÃ, lo quiero —asintió.
—¿No hay razón para llamar deseos necesarios a aquellos de los que no podemos prescindir, y cuya satisfacción por otra parte nos es útil? Porque evidentemente estos deseos son necesidades de nuestra naturaleza; ¿no es as�
—En efecto.
—Con justa razón los llamaremos, por consiguiente, deseos necesarios.
—Con razón.
—En cuanto a aquellos de que es fácil deshacerse, si desde joven se toman precauciones, y cuya presencia, lejos de producir en nosotros ningún bien, nos causa muchas veces grandes males, ¿no diremos bien si los llamamos deseos superfluos?