La República
La República —Muy bien.
—Tomemos un ejemplo de unos y otros, para formarnos de ellos una idea más exacta.
—Conviene hacerlo.
—El deseo de comer algo condimentado, en cuanto es indispensable para mantener la salud y las fuerzas, ¿no es necesario?
—Creo que sÃ.
—El simple deseo de alimentarse es necesario por dos razones: porque es útil comer, y porque en otro caso serÃa imposible vivir.
—SÃ.
—Y el del condimento también, en cuanto viene bien a la salud.
—Es cierto.
—Pero el deseo de toda clase de comidas y de guisados, deseo que se puede reprimir y hasta quitar por entero mediante una buena educación desde la juventud, deseo dañoso al cuerpo y al alma, a la razón y a la templanza, ¿no debe ser comprendido con razón entre los deseos superfluos?
—Con muchÃsima razón.
—¿Diremos, por tanto, que éstos son deseos pródigos, y aquéllos, deseos provechosos, porque nos sirven para hacernos más capaces de obrar?
—¿Qué otra cosa, si no?