La República
La República —Si su padre o sus parientes enviasen por su parte auxilios a la facción de los deseos oligárquicos, y para sostenerla reprendiesen y afeasen su conducta, ¿no sería su corazón entonces teatro de una guerra intestina entre revolución y contrarrevolución?
—¿Cómo no?
—Algunas veces sucede que la facción democrática cede ante la oligárquica, y entonces ciertos deseos son en parte destruidos, en parte arrojados del alma, efecto de un pudor que se despierta en el joven, que entra así de nuevo en la senda del deber.
—Algunas veces sucede eso —dijo.
—Pero bien pronto, a causa de la mala educación que ha recibido de su padre, nuevos deseos, más fuertes y numerosos, suceden a los que ha desterrado.
—Así suele ocurrir —convino.
—Estos nuevos deseos le arrastran otra vez a buscar los mismos compañeros, y de esta relación clandestina nace una multitud de otros deseos.
—¿Cómo no?
—Por último, se apoderan de la ciudadela del alma de este joven, después de haber visto que estaba vacía de ciencia, de nobles costumbres, de máximas verdaderas, que son la salvaguardia más segura y más fiel de la razón de los mortales amados de los dioses.
—Sin duda —dijo.