La República
La República —Bien pronto juicios falsos y presuntuosos y opiniones atrevidas acuden en tropel y ocupan el lugar de aquéllos.
—Es cierto —dijo.
—¿No es entonces cuando vuelve a unirse a aquellos comedores de lotos,[14] no se ruboriza ya de mantener relación Ãntima con ellos? Si de parte de sus amigos o de sus parientes llega algún refuerzo al elemento parco de su alma, las máximas presuntuosas, cerrando prontamente las puertas del castillo real,[15] niegan la entrada a este socorro; ni siquiera escuchan los consejos que, a manera de embajada, envÃan ancianos llenos de buen sentido y de experiencia. Secundadas estas máximas presuntuosas por una multitud de perniciosos deseos, consiguen la victoria, y calificando el pudor de imbecilidad, lo rechazan ignominiosamente, destierran la templanza después de haberla ultrajado dándole el nombre de cobardÃa, y proscriben la moderación y la frugalidad, a las que califican de rusticidad y bajeza.
—SÃ, verdaderamente.