La República
La República —Después de todo esto, vive, creo yo, sin distinguir los placeres superfluos de los placeres necesarios, se entrega a los unos y a los otros, y no ahorra, para satisfacerlos, bienes, cuidados ni tiempo. Si tiene la fortuna de no llevar el desorden al exceso, y si la edad, habiendo apaciguado un tanto sus pasiones, le obliga a llamar del destierro a la facción perseguida y a no entregarse sin reserva al invasor, entonces establece una especie de equilibrio entre sus deseos, y haciéndoles, por decirlo asÃ, echar suertes, entrega su alma al primero que ha sido por ésta favorecido. Satisfecho este deseo, se somete al imperio de otro, y asà sucesivamente; y sin fijarse en ninguno, atiende a todos por igual.
—Sin duda.
—Si alguno llega a decirle —segu× que hay placeres de dos clases, unos que son resultado de deseos justos y legÃtimos y otros que son fruto de deseos perversos, y que es preciso estimar y buscar los primeros, reprimir y domar los segundos, vuelve la cabeza a todo esto y sólo responde a ello por signos desdeñosos, y sostiene que todos los placeres son de la misma naturaleza y merecen ser satisfechos.
—Tal debe ser, en efecto, su conducta, dada la disposición de espÃritu en que se encuentra —reconoció.