La República
La República —La libertad —repliqué—. En un Estado democrático oÃrás decir por todas partes que la libertad es el más precioso de los bienes, y que por esta razón todo hombre que haya nacido libre fijará en él su residencia antes que en ningún otro punto.
—En efecto, es muy frecuente oÃr semejante lenguaje —dijo.
—¿No es, pues, y esto es lo que querÃa decir, este amor a la libertad, llevado hasta el exceso y acompañado de una indiferencia extremada por todo lo demás, lo que pierde al fin a este régimen y hace la tiranÃa necesaria? —dije yo.
—¿Cómo? —preguntó.
—Cuando un Estado democrático, devorado por una sed ardiente de libertad, está gobernado por malos escanciadores, que la derraman pura y la hacen beber hasta la embriaguez, entonces, si los gobernantes no son complacientes, dándole toda la libertad que quiere, son acusados y castigados, so pretexto de que son traidores que aspiran a la oligarquÃa.
—Efectivamente eso es lo que hacen —dijo.