La República
La República —Por este azote entiendo —dije— ese linaje de personas pródigas y ociosas, unas más valientes que marchan a la cabeza, y otras más cobardes que les siguen. Hemos comparado los valientes a los zánganos armados de aguijón, y los cobardes a zánganos sin aguijón.
—Me parece exacta esa comparación —observó.
—Estas dos especies de hombres causan en el cuerpo polÃtico —prosegu× los mismos estragos que la flema y la bilis en el cuerpo humano. Un legislador sabio, como médico hábil del Estado, tomará respecto de ellos las mismas precauciones que un hombre que cuida abejas toma respecto a los zánganos. Su primer cuidado será impedir que nazcan, y si a pesar de su vigilancia nacen, procurará erradicarlos lo más pronto posible, asà como las celdillas que han infestado.
—SÃ, por Zeus, desde luego —dijo.
—Para comprender mejor aún lo que queremos decir, enfoquémoslo de otro modo —dije yo.
—¿Cómo?
—Separemos con el pensamiento el Estado democrático en las tres clases de que efectivamente se compone. La primera es la que nace de la licencia pública, que hace que su número no sea menor que en la oligarquÃa.
—Asà es.
—Sin embargo, hay la diferencia de que es aquà mucho más maléfica que en aquélla.
—¿Por qué razón?