La República
La República I.—Por cierto —dije— que entre todos los motivos que me obligan a creer que el plan de nuestro Estado es tan perfecto cuanto es posible, lo tocante a la poesÃa no es el que menos me llama la atención.
—¿Qué es ello? —preguntó.
—El no admitir aquella parte de la poesÃa que es puramente imitativa. Ahora que hemos fijado con toda claridad la distinción que existe entre las especies del alma, este reglam me parece más que nunca de una incontestable necesidad.
—¿Qué quieres decir?
—Puedo decÃroslo con confianza, porque no temo que vayáis a denunciarme a los poetas trágicos y a los demás poetas imitadores. Nada es más capaz de corromper el espÃritu de los que lo escuchan que este género de poesÃa cuando aquéllos no están provistos del antÃdoto conveniente, que consiste en saber apreciar este género tal cual es.
—¿Qué es lo que te obliga a hablar de esta manera? —dijo.