La República
La República —TrasÃmaco, no te irrites contra nosotros. Si Polemarco y yo hemos errado en nuestra conversación, vive persuadido de que ha sido contra nuestra intención. Si buscáramos oro, no nos cuidarÃamos de engañarnos uno a otro, haciendo asà imposible el descubrimiento; y ahora que nuestras indagaciones tienen un fin mucho más precioso que el oro, esto es, la justicia, ¿nos crees tan insensatos que gastemos el tiempo en engañarnos, en lugar de consagrarnos seriamente a descubrirla? Guárdate de pensar asÃ, querido mÃo. No por eso dejo de conocer que esta indagación es superior a nuestras fuerzas. Y asÃ, a vosotros todos, que sois hombres entendidos, debe inspiraros un sentimiento de compasión y no de indignación nuestra flaqueza.
XI.—¡Por Heracles! —replicó TrasÃmaco con una risa sarcástica—; he aquà la ironÃa acostumbrada de Sócrates. SabÃa bien que no responderÃas, y ya habÃa prevenido a todos que apelarÃas a tus conocidas mañas y que harÃas cualquier cosa menos responder.