Parmenides

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PARMÉNIDES. —Es preciso obedecer; y, sin embargo, yo me encuentro en el mismo caso que el caballo de Íbico[13], que había vencido muchas veces, pero que se había hecho viejo; y así cuando se le uncía al carro, temía por experiencia el resultado. Refiriéndose a esta imagen, el poeta dice que, a pesar de sí mismo, anciano ya, sufre aún el yugo del amor. Yo igualmente tiemblo al considerar que, viejo como soy, tendré que pasar a nado una multitud de discusiones. Sin embargo, es preciso complaceros, puesto que Zenón mismo lo pide, y ya que estamos solos. ¿Por dónde empezaremos y qué hipótesis sentaremos desde ahora? ¿Queréis, puesto que ya es irremediable esta difícil jugada, que comience por mí y por mi propia hipótesis, poniendo por delante la unidad, y examinando lo que sucederá, ya existiendo lo uno, ya no existiendo?

ZENÓN. —Perfectamente.

PARMÉNIDES. —¿Quién me responderá?, ¿el más joven? Será indudablemente el que me dará menos que hacer, y el que me responderá más sinceramente. Con él tendré la ventaja de poder descansar.

ARISTÓTELES. —Yo estoy dispuesto, Parménides; porque a mí te refieres, puesto que soy el más joven. Interroga y te responderé.

PARMÉNIDES. —Sea así. Si lo uno existe[14], no es una multitud.

ARISTÓTELES. —¿Cómo podría ser?


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