Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II Cada uno, por ensalzar «el plato más que un plato de lentejas», por omitir completamente el berro y la aceituna en favor del trión[309] y el pescado, debe aconsejarse a sí mismo no producir conflictos en su cuerpo, a causa de la saciedad, esto es desórdenes y diarreas. Las comidas vulgares mantienen el apetito dentro de los límites naturales; en cambio, las artes de los cocineros y panaderos y «todas 126Aesas golosinas y maneras de aderezar un plato», como dice el poeta cómico[310], extienden los límites del placer siempre más allá y nos apartan de lo provechoso. No sé por qué motivo mientras odiamos y rechazamos a las mujeres que emplean hechizos y brebajes mágicos contra sus maridos, permitimos, en cambio, a mercenarios y esclavos que nos encanten, por así decirlo, y nos envenenen nuestros alimentos y provisiones. Por ello, aunque parezca demasiado duro aquello que dijo Arcesilao[311] contra los adúlteros y los libertinos: «no hay ninguna diferencia en que uno sea disoluto por delante o por detrás», se puede aplicar justamente a lo que estamos tratando. Efectivamente, ¿qué diferencia existe, en realidad, entre uno que emplea afrodisíacos[312] para excitar y estimular su desenfreno hacia los Bplaceres y el que estimula su gusto con olores y salsas de forma que, como con la sarna, tengan siempre la necesidad de que alguien les rasque y frote?