Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II La voz es, a su vez, un movimiento de la respiración[343], que, no de una manera superficial, sino llevada como en sus fuentes alrededor de los pulmones, aumenta el calor[344], hace más fluida la sangre, limpia todas la venas, dilata todas las arterias y no permite que ninguna concreción y solidificación de líquido superfluo, como un sedimento, tenga, lugar en aquellos órganos del cuerpo que reciben y Cdigieren los alimentos. Por ello conviene, sobre todo, acostumbrarnos y familiarizarnos a nosotros mismos con este ejercicio, hablando frecuentemente, y, si existe la sospecha de que nuestro cuerpo es demasiado débil o está demasiado fatigado, entonces leyendo o hablando en voz alta. En efecto, lo que el balancín es al ejercicio corporal, eso es la lectura a la conversación, pues mueve y sacude suave y dulcemente la voz como cuando uno se sube en el carro de un discurso ajeno. La conversación añade discusión y vehemencia, ya que el alma actúa juntamente con el cuerpo. Sin embargo, se han de evitar los gritos violentos y Dfuriosos, pues las expulsiones irregulares de la voz y los esfuerzos de la respiración producen fracturas y convulsiones. Mas, después de la lectura o la conversación, antes del paseo, conviene darse un masaje en caliente y de aceite para ablandar la carne, tocando en la medida de lo posible las partes internas, distribuyendo por igual suavemente su espíritu vital y esparciéndolo hasta las partes más alejadas. Que el límite de la cantidad del masaje sea el agradable a los sentidos y que no cause dolor[345], ya que el que disponga el desasosiego en las partes más internas y la tensión de su espíritu manejará sin dolor los residuos de su cuerpo, y si el mal tiempo o algún negocio le impide dar el paseo, Eno importa, pues la naturaleza ya ha recibido lo suyo. De aquí que ni un viaje por mar ni la parada en un albergue deben ser excusa para no conversar, aunque todos se rían de uno. En efecto, donde no es vergonzoso comer, tampoco tiene que ser vergonzoso hacer ejercicio, sino que sería más vergonzoso sentir temor y avergonzarse ante marineros, acemileros y venteros, que se burlan no del que juega a la pelota y del que practica solo la esgrima, sino del que conversa, aunque éste, al mismo tiempo que hace ejercicio, esté enseñando algo, haga preguntas, aprenda y ejercite su memoria. Sócrates decía[346] que, para un hombre Fque se mueve con una danza, una habitación con capacidad para siete personas colocadas alrededor de un triclinio es suficiente para hacer su ejercicio, pero para uno que se ejercita con el canto o la palabra cualquier lugar le basta para su ejercicio, ya esté levantado o echado. Pero sólo de una cosa hay que tener cuidado: no debemos forzar nuestra voz, cuando seamos conscientes de haber comido 131Aen abundancia, de una noche libidinosa o de alguna otra fatiga, pues suele sucederle a muchos oradores y sofistas, a unos por gloria y ambición, a otros por dinero o por rivalidades políticas, que se ven arrastrados al debate más allá de lo que les conviene. Nuestro amigo Nigro[347], que enseñaba retórica en la Galia, se había tragado casualmente la raspa de un pez. Habiendo hecho su aparición otro maestro de retórica, que venía de fuera y que comenzó a ejercitar su arte, temiendo dar la impresión de que se dejaba arrebatar la gloria, siguió dando sus lecciones, aunque tenía aún la espina clavada en la garganta. Tras habérsele producido una hinchazón grande y pertinaz y no pudiendo soportar el dolor, se dejó hacer un corte profundo desde fuera. La espina, en efecto, fue extraída a través de la herida, pero ésta, habiéndose convertido en una llaga Bpurulenta, lo mató. Pero de estas cosas haremos memoria más tarde a su debido tiempo[348].