Obras Morales y de Costumbres II

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«Mas, ¿quién te iba a obedecer, contestó Esopo, en esto más que a la divinidad, que dijo, según el oráculo que te dirigió:

Bienaventurada la ciudad que sólo escucha a un solo heraldo[600]?».

«Realmente —dijo Solón—, ahora los atenienses escuchan a un solo heraldo y a un solo gobernante, la ley, ya que tienen un régimen democrático. Tú eres diestro para entender a los cuervos y a los grajos[601], pero no comprendes Dbien la voz de la divinidad, sino que crees que, según la divinidad, obra mejor la ciudad que escucha a un solo gobernante, en cambio piensas que la virtud de un banquete estriba en que todos discutan y sobre todos los temas». «En verdad —dijo Esopo—, tú no has dado todavía ninguna ley que prohíba que los siervos se emborrachen, del mismo modo que has escrito una ley que dice que, en Atenas, los esclavos no deben amar[602] ni frotarse en seco con aceite[603]». Entonces, Solón se echó a reír, y Cleodoro, el médico, dijo: «Pero el frotarse en seco con aceite es semejante a hablar empapado en vino, ya que ambas cosas resultan muy agradables». Y Quilón, respondiéndole, dijo: «Por eso, precisamente, uno se ha de alejar de ello[604]». Y de nuevo dijo Esopo: «Por cierto, Tales pareció decir que él desearía[605] envejecer lo más rápidamente posible».


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