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Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II «Quizá —dijo Quersias—, pero, ya que la discusión versa de nuevo sobre el gobierno de la casa, ¿quién de vosotros nos querría hablar de algo que ha sido pasado por alto? Resta, según mi opinión, el adquirir una cierta medida de la propiedad, que sea adecuada y suficiente en sí misma». «Pero a los sabios —dijo Cleobulo— la ley les proporciona ya la medida, en cambio a los insensatos les contaré una historia que mi hija contaba a su hermano. Decía que la luna pedía a su madre que le tejiese una túnica a su medida. Pero ella le dijo: ‘¿Cómo te la voy a tejer a tu medida? Ahora te estoy viendo llena, pero en otro momento en cuarto creciente y más tarde en cuarto menBguante’. Del mismo modo, querido Quersias, para el hombre imprudente y malo no existe medida alguna de la propiedad, pues para sus necesidades unas veces es una, otras veces es otra, según los deseos y las ocasiones, como el perro de la fábula de Esopo[662], el cual, cuenta éste que, en invierno, encogido y tiritando de frío, pensaba hacerse una casa, pero, al llegar de nuevo el verano y al dormir otra vez extendido, se veía demasiado grande y, por tanto, no creía que fuera una tarea necesaria ni tampoco pequeña construirse alrededor una casa tan grande. Pues ¿no ves —dijo—, oh Quersias, que también los pobres, unas veces, se limitan perfectamente a sí mismos a las cosas humildes, como para vivir estrechamente y a la manera espartana, Cy, otras veces, creen que se van a morir de hambre si no tienen las riquezas de todas las personas privadas y las de todos los reyes?». Como Quersias guardaba silencio, Cleodoro respondiéndole dijo: «Pero también vemos que vosotros, los sabios, tenéis repartidas las riquezas unos con respecto a los otros en proporciones desiguales». A esto contestó Cleobulo: «La ley, en verdad, oh el mejor de los hombres, como un sastre, proporciona a cada uno de nosotros lo que le conviene, lo apropiado y lo que le corresponde[663]. También tú, alimentando, tratando y dando medicamentos con tus prescripciones, igual que la ley, a tus enfermos no les recetas lo mismo a todos, sino a cada uno lo que le conviene[664]». Contestándole, dijo Árdalo: «¿AcaDso también a Epiménides[665], vuestro compañero y huésped de Solón, le prohíbe alguna ley apartarse de los otros alimentos y, llevándose a la boca un pequeño trozo de ese producto contra el hambre que él mismo fabrica, estar todo el día sin comer ni cenar?». Como la discusión llamase la atención de los comensales, Tales, en son de burla, dijo que Epiménides era una persona sensata, ya que no quería tener trabajo moliendo y cociendo el grano para él mismo, como Pitaco. «Yo —dijo—, estando en Éreso[666], oí a la mujer, en cuya casa me hospedaba, que cantaba junto al molino: