Obras Morales y de Costumbres II
Obras Morales y de Costumbres II 171ACiertamente, el ateo no es cómplice, en absoluto, de la superstición; en cambio, la superstición procura al ateísmo el principio para nacer y, cuando ha nacido, le proporciona una defensa no verdadera ni hermosa, pero no privada de cierta excusa. Pues no porque ellos han visto algo censurable en el cielo, ni algo defectuoso y desordenado en los astros ni en las estaciones o en las revoluciones de la luna o en los movimientos del sol alrededor de la tierra[856] «artesanos del día y de la noche[857]» o en los alimentos de los animales o en el crecimiento de los frutos, en tales circunstancias acusaron al ateísmo de todo, sino que las acciones y emociones ridículas de la superstición, sus palabras y gestos[858], sus encantamientos y magias, sus vueltas en círculo[859] y sus toques de tambor[860], sus purificaciones[861] impuras y sus sucios deberes religiosos[862], sus bárbaros y extravagantes castigos y ultrajes delante de Blos templos, estos comportamientos hacen que algunos digan que es mejor que no existan dioses, que aceptan acciones de ese tipo, y que se alegran con ellas y son tan violentos, tan mezquinos y que se ofenden tan fácilmente.