El cuervo y otros poemas
El cuervo y otros poemas Te vi una vez, una sola, años atrás;
no diré cuántos, aunque no fueron muchos.
Fue en julio, a medianoche; la luna llena,
elevándose como si fuera tu alma, se abrÃa,
rauda, camino cielo arriba. De su halo,
una sedosa llovizna de luz plateada
caÃa tibia, soñolienta y quedamente
sobre los rostros vueltos de las mil rosas
de un jardÃn encantado que la brisa
sólo osaba visitar de puntillas;
caÃa sobres los rostros vueltos de esas rosas
que, a cambio de la amorosa luz, se desprendÃan,
en un éxtasis final, de sus almas fragantes;
caÃa sobre los rostros vueltos de las rosas
que, embelesadas por ti y por la poesÃa
de tu presencia, morÃan con una sonrisa.
Toda vestida de blanco, te vi reclinada a medias
sobre un lecho de violetas; la luna, en tanto,
bañaba los rostros vueltos de las rosas y el tuyo,
vuelto también —aunque, ay, con aflicción— hacia ella.
¿Acaso fue el destino (ese destino que a menudo
solemos llamar aflicción) quien, esa medianoche de julio,
