El Cuervo
El Cuervo Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabidurÃa ancestral
y asentÃa, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal; sólo eso y nada más."
¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!

Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no habÃa hallado calma en mis libros, ni consuelo a la perdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquà nadie nombrará.
Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetà con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal; un tardÃo visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".
Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
