El Sistema del doctor Alquitrán y el profesor Pluma

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La dama (a la cual había oído con gran estupefacción llamar Madame Joyeuse, luego de la descripción que acababa de hacernos de alguien de ese mismo nombre), sonrojóse hasta la raíz de los cabellos y pareció sumamente humillada por el reproche. Bajó la cabeza, sin responder una sola palabra. Mas en ese momento otra señora, mucho más joven, reanudó la conversación. Era mi hermosa jovencita del recibimiento.

—¡Oh, Madame Joyeuse era una loca! —exclamó—. En cambio en la conducta de Eugènie Salsafette había mucho de buen sentido. Era una joven muy modesta y hermosa, que se había convencido de que la manera ordinaria de vestirse era indecente, y trataba de vestirse al revés, vale decir quedándose fuera de sus ropas y no dentro de ellas. Después de todo es algo muy fácil de hacer. Basta con empezar así… y luego así… y así… así… y entonces…

—Mon Dieu! ¡mam’zelle Salsafette! —gritaron al unísono una docena de voces—. ¿Qué hace usted? ¡Deténgase… es suficiente! ¡Hemos visto perfectamente cómo se hace…! ¡Basta, basta!

Y numerosos comensales abandonaban ya sus sillas para impedir que mam’zelle Salsafette se pusiera a la par de la Venus de Médicis, cuando su intervención dejó de ser necesaria a causa de unos terribles gritos y alaridos que procedían de alguna parte del cuerpo central del château.


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