El Sistema del doctor Alquitrán y el profesor Pluma
El Sistema del doctor Alquitrán y el profesor Pluma —¿O nada más que un poco tocada? —dije, acompañando mis palabras con el ademán de tocarme la sien—. Doy por descontado que su enfermedad no es particularmente… peligrosa, ¿verdad?
—Mon Dieu! ¿Qué esta usted imaginándose? Esta señora, mi antigua e Ãntima amiga, Madame Joyeuse, es tan cuerda como yo. Tiene sus pequeñas excentricidades, claro está… pero bien sabe usted que todas las mujeres… todas las mujeres muy ancianas las tienen en mayor o menor grado.
—Por supuesto —convine—. Por supuesto… pero entonces, el resto de las damas y caballeros…
—Son mis amigos y colaboradores —interrumpió Monsieur Maillard, irguiéndose altaneramente.— Mis excelentes amigos y ayudantes.
—¡Cómo! ¿Todos ellos? ¿Las damas también?
—Claro está; no podrÃamos arreglarnos sin ayuda de mujeres, que son las mejores enfermeras del mundo para atender a los locos. Tienen una modalidad propia, sabe usted; sus ojos brillantes producen efectos maravillosos… algo asà como la fascinación de la serpiente.
—Por supuesto —repet×, por supuesto… De todos modos, actúan de manera un tanto extraña, ¿no? Son ligeramente raras… ¿no le parece a usted?