El Sistema del doctor Alquitrán y el profesor Pluma
El Sistema del doctor Alquitrán y el profesor Pluma —¡Oh, no! Todos ellos hombres, y puedo asegurarle que bien robustos.
—¿De veras? HabÃa oÃdo decir que la mayorÃa de los insanos pertenecÃan al sexo bello.
—Asà es en general, pero no siempre. Hace algún tiempo habÃa aquà unos veintisiete pacientes, y entre ellos no menos de dieciocho mujeres; pero las cosas han cambiado mucho, como puede ver.
—SÃ… han cambiado mucho, como puede ver —interrumpió el caballero que habÃa dado de coces a Mam’zelle Laplace.
—¡SÃ… han cambiado mucho, como puede ver! —coreó la asamblea.
—¡A sujetar la lengua todo el mundo! —gritó mi anfitrión lleno de cólera, tras lo cual los presentes guardaron un silencio de muerte durante casi un minuto, mientras una de las damas obedecÃa al pie de la letra a Monsieur Maillard, vale decir, sacaba la lengua, que tenÃa notablemente larga, y la sujetaba resignadamente con ambas manos hasta el fin de la fiesta.
—Pero esta dama —dije al director, inclinándome hacia él para que los demás no me oyeran—, esa excelente señora que acaba de hablar y nos ha ofrecido el cocoricó… supongo que es inofensiva, ¿verdad? Completamente inofensiva.
—¡Inofensiva! —exclamó él, en el colmo de la sorpresa—. ¿Qué… qué quiere usted decir?