Eureka

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millas por segundo, esto es, a unos 10 millones de millas por minuto, o a unos 600 millones de millas por hora; y sin embargo algunas de las nebulosas están tan lejos de nosotros que la misma luz, aun marchando a esa velocidad, no puede alcanzarnos desde esas misteriosas regiones en menos de tres millones de años. Este cálculo, además, ha sido hecho por el mayor de los Herschel, y se refiere a esos grupos relativamente próximos que se encuentran al alcance del telescopio. Hay nebulosas, sin embargo, que gracias al mágico tubo de Lord Rosse en este instante nos susurran al oído secretos de hace un millón de siglos. En una palabra, los fenómenos que contemplamos en este momento, en aquellos mundos, son los mismos que interesaron a sus habitantes hace un millón de siglos. En intervalos, en distancias como las que esta sugestión impone a nuestra alma —más que a nuestra inteligencia—, encontramos, al fin, una escala adecuada para todas las hasta ahora frívolas consideraciones sobre la cantidad.

Con la imaginación llena de distancias cósmicas, aprovechemos la ocasión para referirnos a la dificultad que tantas veces hemos experimentado mientras recorríamos el trillado camino de la reflexión astronómica, de explicar los inconmensurables vacíos a los cuales nos hemos referido, de comprender por qué esos abismos tan absolutamente desocupados y en consecuencia tan innecesarios, aparentemente, se han producido entre estrella y estrella, entre grupo y grupo; de entender, en una palabra, una razón suficiente de la escala titánica, respecto al espacio, en la cual parece haber sido construido el universo. Sostengo que la astronomía no ha sabido evidentemente dar una causa racional del fenómeno; pero las consideraciones que en este ensayo hemos seguido paso a paso nos permiten percibir de un modo claro e inmediato que el espacio y la duración son una sola cosa. Para que el universo pudiera durar una era proporcionada al tamaño de sus partes materiales componentes y a la elevada majestad de sus propósitos espirituales, fue necesario que la difusión atómica original se hiciera en una extensión inconcebible, aunque no infinita. Se requería, en una palabra, que las estrellas se condensaran hasta adquirir visibilidad a partir de la nebulosidad invisible, que pasaran de la nebulosidad a la consolidación y envejecieran dando nacimiento y muerte a variaciones indeciblemente numerosas y complejas del desarrollo vital; se requería que las estrellas hicieran todo esto, tuvieran todo el tiempo necesario para cumplir estos propósitos divinos, durante el período en el cual todas las cosas realizaban el retorno, a la unidad a una velocidad creciente en proporción inversa a los cuadrados de las distancias al cabo de las cuales se encuentra el fin inevitable.


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