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Pero no sólo esta adaptación divina es matemáticamente exacta, sino que hay en ella el sello de lo divino para distinguirlo de las simples obras de los hombres. Aludo a la total reciprocidad de adaptación. Por ejemplo: en las construcciones humanas, una causa particular tiene un efecto particular; una intención particular apunta a un objeto particular; pero eso es todo; no vemos reciprocidad. El efecto no reacciona sobre la causa; la intención no tiene relaciones intercambiables con el objeto. En las construcciones divinas el objeto es propósito u objeto según como resolvamos mirarlo, y en cualquier momento podemos tomar una causa por efecto o a la inversa, de modo que nunca es posible establecer un distingo absoluto entre uno y otro.

Para dar un ejemplo: En los climas polares el organismo del hombre requiere, para mantener el calor animal, para la combustión en el sistema capilar, una abundante provisión de alimento muy azoado, como el aceite de pescado. Pero, por otra parte, en los climas polares el alimento casi único de que dispone el hombre es el aceite de foca y ballena. Ahora bien, ¿el aceite está al alcance de la mano a causa de su imperativa necesidad, o es la única cosa exigida por ser la única que puede obtenerse? Es imposible decidirlo. Hay una absoluta reciprocidad de adaptación.


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