Eureka
Eureka Y ahora hemos llegado a un punto en el cual el intelecto se ve obligado de nuevo a luchar contra la propensión a la inferencia analógica, contra su monomanía de aprehender el infinito. Se ha visto que las lunas giran alrededor de los planetas, los planetas alrededor de las estrellas, y el instinto poético de la humanidad —su instinto de lo simétrico, mientras la simetría lo sea tan sólo de superficie—, este instinto que el alma, no sólo del hombre sino de todos los seres creados, extrajo en el comienzo de las bases geométricas de la irradiación universal, nos impulsa a imaginar una extensión sin fin en ese sistema de ciclos. Cerrando los ojos por igual a la deducción y a la inducción, insistimos en imaginar una revolución de todas las esferas de la galaxia alrededor de algún globo gigantesco que consideramos el centro de rotación del conjunto. Imaginamos que cada grupo en el gran grupo de grupos está provisto y construido de una manera similar; al mismo tiempo, para que la «analogía» sea completa, concebimos estos grupos en sí mismos girando alrededor de alguna esfera aún más augusta; esta última, una vez más, con sus grupos circundantes, como perteneciente a una serie de aglomeraciones aún más extraordinaria, girando alrededor de otro orbe central con respecto a ellas, algún orbe aún más indeciblemente sublime, algún orbe, digamos, de infinita sublimidad multiplicada sin fin por lo infinitamente sublime. Tales son las condiciones, repetidas a perpetuidad, que la voz de lo que algunas gentes llaman «analogía» impone a la fantasía y que la razón contempla, si es posible, sin mostrarse descontenta del cuadro. Tales son en general las interminables y sucesivas revoluciones que la filosofía nos ha enseñado a comprender y a explicar, por lo menos de la mejor manera posible. De vez en cuando, sin embargo, un filósofo propiamente dicho, cuyo frenesí adopta un giro muy resuelto, cuyo genio, para hablar con más reverencia, tiene una fuerte propensión, como las lavanderas, a contarlo todo por docenas, nos permite ver con precisión ese punto perdido de vista en el cual la serie de revoluciones en cuestión se detiene o debe necesariamente detenerse.