Eureka
Eureka Ahora bien, puesto que la «analogía» nos condujo en el primer caso a estos sueños, no deja de ser correcto que nos sirvamos de la analogía, por lo menos en cierta medida, durante su desarrollo; y esta analogía que sugiere la revolución sugiere al mismo tiempo un orbe central alrededor del cual debería realizarse; hasta este punto el astrónomo era coherente. Este orbe central, sin embargo, debería ser dinámicamente mayor que todos los orbes considerados juntos, que lo rodean. De éstos hay unos 100 millones. «¿Por qué, entonces —se preguntó naturalmente— no vemos ese vasto sol central, de masa por lo menos igual a 100 millones de soles como el nuestro; por qué no lo vemos, nosotros en especial, que ocupamos la región central del grupo, el lugar mismo cerca del cual, en todo caso, debe de estar situado ese astro incomparable?». La respuesta estaba lista: «Debe ser no-luminoso, como nuestros planetas». Aquí entonces, por conveniencia del argumento, se hizo caso omiso de la analogía. «De ningún modo —podía decirse—; no sabemos que existan soles no-luminosos». Es cierto que tenemos razones por lo menos para suponerlo; pero no tenemos ninguna razón para suponer que los soles no-luminosos en cuestión estén circundados por soles luminosos, mientras éstos a su vez se hallan rodeados por planetas no-luminosos; y justamente se pide a Madler que encuentre alguna cosa análoga a todo esto en los cielos, pues esto es precisamente lo que él imagina en el caso de la Galaxia. Admitiendo que sea así, no podemos dejar de imaginarnos el rompecabezas que la pregunta: ¿Por qué es así? debe plantearse a todos los filósofos aprioristas.