Eureka

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Sí, Kepler fue esencialmente un teórico; pero este título, ahora tan sagrado, era en aquellos antiguos tiempos un epíteto de soberano desprecio. Sólo ahora los hombres comienzan a apreciar al divino anciano, a simpatizar con la rapsodia profética y poética de sus palabras por siempre memorables. Por mi parte —continúa el corresponsal desconocido—, ardo con fuego sagrado sólo de pensar en ellas, y siento que nunca me cansaré de oírlas (para terminar esta carta concédame el verdadero placer de transcribirlas una vez más): No me importa que mi obra sea leída hoy o por la posteridad. Puedo esperar un siglo a mis lectores si el mismo Dios esperó seis mil años un observador. ¡Triunfo! He robado el secreto de oro de los egipcios. Me entrego a mi furia sagrada».

Aquí terminan mis citas de esta epístola tan inexplicable y quizá algo impertinente; y tal vez sería locura comentar, en cualquier sentido, las quiméricas, por no decir revolucionarias, fantasías del autor —quienquiera que sea—, fantasías tan radicalmente en pugna con las opiniones bien vistas y establecidas de esta época. Sigamos, pues, con nuestra tesis legítima: El Universo.




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