Eureka

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Hasta ahora se ha considerado el universo de los astros como coincidente con el universo propiamente dicho, como lo he definido al comienzo de este discurso. Se ha admitido siempre, directa o indirectamente —por lo menos, desde el nacimiento de la astronomía inteligente—, que, si nos fuera posible alcanzar un punto cualquiera del espacio, siempre hallaríamos a nuestro alrededor una interminable sucesión de astros. Esta era la insostenible idea de Pascal cuando emprendió el más afortunado quizá de todos los intentos nunca hechos para perifrasear la concepción por la cual luchamos en la palabra «universo». «Es una esfera —dice— cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna». Pero aunque su presunta definición no es, en realidad, una definición del universo de los astros, podemos aceptarla con cierta reserva mental como una definición (suficientemente rigurosa para cualquier propósito práctico) del universo propiamente dicho, es decir, del universo espacial. Consideremos, pues, este último como una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. En realidad, mientras encontramos imposible imaginar un fin al espacio, no nos cuesta representarnos cualquiera de sus infinitos comienzos.




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