Eureka

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Para la eficaz y cabal realización del designio general vemos pues la necesidad de una repulsión de fuerza limitada, algo separador que al desaparecer la voluntad de difusión permita el acercamiento y al mismo tiempo prohíba la unión de los átomos, concediéndoles una aproximación infinita mientras les niega contacto positivo; en una palabra, que tenga el poder —hasta cierta época— de evitar su fusión, pero no el de interferir su reunión en cualquier sentido o grado. La repulsión, que ya hemos considerado limitada de manera particular en otros sentidos, debe ser entendida, lo repito, como capaz de evitar la unión absoluta, sólo hasta cierta época. A menos que concibamos que el apetito de unidad en los átomos está condenado a no satisfacerse nunca; a menos que concibamos que lo que tuvo un principio no haya de tener un fin, idea imposible de sostener realmente aunque podamos hablar mucho de ella y soñemos con sustentarla, nos vemos obligados a concluir que, al fin —bajo la presión de la unitendencia aplicada colectivamente, pero nunca y en ningún grado hasta que en el cumplimiento de los propósitos divinos tal aplicación se produzca naturalmente—, la fuerza de repulsión imaginada cederá ante una fuerza que, en esa última época, será la superior en la exacta extensión requerida, permitiendo así el apaciguamiento universal en la unidad inevitable por ser original y, en consecuencia, normal. Es en verdad difícil reconciliar estas condiciones; no podemos siquiera comprender la posibilidad de su armonía; sin embargo, la aparente imposibilidad está llena de brillantes sugestiones.


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