Eureka

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Que ese algo repulsivo existe realmente, lo vemos. El hombre no emplea ni conoce una fuerza suficiente para poner en contacto dos átomos. Esta no es sino la bien establecida proposición de la impenetrabilidad de la materia. Todos los experimentos la prueban, toda la filosofía la admite. He intentado mostrar el designio de la repulsión, la necesidad de su existencia; pero me he abstenido religiosamente de toda tentativa de investigar su naturaleza, a causa de una convicción intuitiva de que el principio en cuestión es estrictamente espiritual, yace en una profundidad impenetrable para nuestro entendimiento presente, está implicado en una consideración de algo que ahora —en nuestro estado humano— no cabe considerar, en una consideración del Espíritu en sí mismo. Siento, en una palabra, que aquí y sólo aquí Dios se interpuso, porque sólo aquí la dificultad exigía la interposición de Dios.

En realidad, mientras la tendencia de los átomos difusos a volver a la unidad será reconocida de inmediato como el principio de la gravedad newtoniana, lo que he dicho de una influencia repulsiva que prescribe límites a la (inmediata) satisfacción de la tendencia será entendido como eso que en la práctica hemos designado ya calor, ya magnetismo, ya electricidad, desplegando nuestra ignorancia acerca de su augusta naturaleza en la vacilación de la fraseología con la cual intentamos circunscribirlo.


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