La caida de la Casa Usher
La caida de la Casa Usher Fijándome en estas cosas, avancé por un corto camino elevado hasta la casa. Un criado de servicio se hizo cargo de mi caballo, y traspuse el arco gótico del vestíbulo. De allí, un ayuda de cámara, de paso furtivo, me condujo en silencio, por multitud de corredores intrincados y oscuros, al estudio de su amo. Mucho de lo que iba descubriendo por el camino contribuía, no sé por qué, a reforzar la vaga sensación a la que me he referido. Aunque los objetos de mi entorno —los frisos de los techos, los tapices oscuros de las paredes, los suelos negros como el ébano y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que repiqueteaban con mis pisadas— eran detalles a los que (o como los que) había estado acostumbrado en la infancia; aunque no vacilaba en reconocer lo familiar que me era todo, sin embargo me asombraba la extrañeza de las fantasías que me suscitaban imágenes tan normales. En una de las escaleras me crucé con el médico de la familia. Su semblante, pensé, reflejaba una expresión que era mezcla de astucia solapada y perplejidad. Me saludó aturrullado sin detenerse. El criado, a continuación, abrió una puerta de par en par, y me condujo a la presencia de su amo.

