La caida de la Casa Usher
La caida de la Casa Usher Desechando de mi espíritu lo que no debía de ser otra cosa que un sueño, observé con más atención el aspecto real del edificio. Su rasgo sobresaliente era la extrema antigüedad. La decoloración de los siglos había sido grande. Minúsculos hongos se extendían por todo su exterior, y colgaban en fina maraña de los aleros. No obstante, estaba muy lejos de ofrecer un aspecto ruinoso. Ninguna parte de la albañilería se había venido abajo; y se daba una sorprendente paradoja entre la perfecta trabazón de las partes, y el grado de disgregación de los sillares. Me recordaba bastante a una hermosa obra de ebanistería que se hubiera ido pudriendo a lo largo de los años en una cripta abandonada, sin ser turbada por el más pequeño soplo de aire exterior. Quitando este signo de deterioro general, empero, la fábrica mostraba pocos síntomas de inestabilidad. Quizá, el ojo de un observador atento habría podido descubrir una grieta apenas perceptible que arrancaba del tejado y descendía por la fachada en zigzag, hasta perderse en las aguas plomizas del lago.

