La caida de la Casa Usher
La caida de la Casa Usher 
He dicho que el único efecto de mi pueril experimento —el de asomarme al lago— fue el de reforzar mi primera impresión. No cabe duda de que el darme cuenta del rápido aumento de mi superstición —¿por qué no llamarla asÃ?— no hizo sino acrecentarla. Tal es, hace mucho que lo sé, la ley paradójica de los sentimientos que se fundan en el terror. Y quizá fue únicamente esta razón, al levantar la vista de la imagen reflejada en el agua a la casa, la que hizo concebir a mi cerebro una fantasÃa; una fantasÃa ridÃcula, sin duda, que sólo menciono para subrayar la intensidad de las sensaciones que me oprimÃan. Tanto habÃa forzado mi imaginación que pensé que sobre la mansión y la propiedad reinaba una atmósfera especÃficamente de ellas y del entorno inmediato, una atmósfera que no tenÃa nada que ver con el aire del cielo, sino que procedÃa de los árboles podridos, y del muro gris, y de este lago callado de montaña: un vapor mÃstico y pestilente, apagado, perezoso, apenas discernible y plomizo.