La Carta robada
La Carta robada —Sà —replicó el Prefecto—, y el ladrón ha abusado de ese poder en los últimos meses. La persona robada se convence cada dÃa más de la necesidad de recuperar la carta. Pero esto, como usted comprenderá, no puede hacerse abiertamente. Al fin, desesperada, me ha encomendado el asunto.
—Y ¿quién puede desear —dijo Dupin, arrojando una bocanada de humo—, o siquiera imaginar, un agente más sagaz que usted?
—Usted me colma —respondió el Prefecto—, pero entiendo que muchos opinan asÃ.
—Es evidente —dije— que la carta sigue en posesión del Ministro: en esa posesión está su poder. Vendida la carta, el poder termina.
—Es verdad —dijo G.—. De acuerdo a esa convicción he obrado. Lo primero que hice fue ordenar una busca minuciosa en la casa del Ministro; la dificultad consistÃa en que él no se enterara. Me han advertido que cualquier sospecha puede ser peligrosa.
—Pero —dije— usted es un especialista en esas tareas. No es la primera vez que la policÃa de ParÃs acomete empresas análogas.
