La Máscara de la Muerte Roja
La Máscara de la Muerte Roja Con ocasión de esta magna fiesta, habÃa supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete salones; y habÃa sido su propio gusto el que habÃa inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante… , mucho de lo que después se ha visto en Hernani. HabÃa figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. HabÃa fantasÃas delirantes como sólo los locos imaginan. HabÃa mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y no poco de lo que podrÃa haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvÃan por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -na han durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las que penetra el resplandor de los trÃpodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oÃdos de quienes se entregan a la alegrÃa en las salas más distantes.
