Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym El bergantÃn avanzó lentamente, con mayor regularidad que antes, y entonces —no puedo hablar con calma de lo que siguió— nuestros corazones latieron atropelladamente, mientras exhalábamos todo nuestro sentir en gritos y en exclamaciones de agradecimiento a Dios por aquella inesperada y maravillosa salvación que tenÃamos ya al alcance de la mano. Súbitamente, desde el extraño navÃo (que estaba casi al lado del nuestro) nos llegó un olor, un hedor, algo tan espantoso que no existe nombre para decirlo, algo que no puede imaginarse, algo infernal, sofocante, inconcebible. Jadeando en procura de aire puro, me volvà hacia mis compañeros y vi que estaban más pálidos que el mármol. Pero no habÃa tiempo para preguntas o sospechas; el bergantÃn se hallaba a cincuenta pies de distancia y parecÃa dispuesto a abordarnos, a fin de que pudiéramos subir a cubierta sin necesidad de que nos botaran una lancha. CorrÃamos a popa cuando, súbitamente, una amplia guiñada desvió el barco cinco o seis puntos del rumbo que traÃa, y mientras pasaba frente a nuestra popa, a unos veinte pies de distancia, pudimos ver de lleno su cubierta. ¿Olvidaré alguna vez el triple horror del espectáculo? Veinticinco o treinta cadáveres, entre ellos varios de mujeres, yacÃan desparramados entre la bovedilla y la cocina en el último y más horroroso estado de putrefacción. ¡Comprendimos que a bordo de aquel buque no habÃa un alma viviente! ¡Y, sin embargo, no podÃamos contenernos y seguÃamos pidiendo a gritos auxilio a los muertos! SÃ, largamente suplicamos, desesperados, que aquellas silenciosas y repugnantes figuras nos ayudaran, que no nos abandonaran para que terminásemos siendo como ellas, que nos recibieran a bordo de su nave. Estábamos enloquecidos de horror y desesperación, enloquecidos por la angustia de tan espantosa decepción.