Narracion de Arthur Gordon Pym

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Después de tan providencial escapatoria continuamos con mayores precauciones, llegando por fin sanos y salvos a nuestro destino. Había tan sólo uno o dos hombres a bordo que trabajaban a proa, ocupados en las brazolas de las escotillas. Sabíamos muy bien que el capitán Barnard estaba ocupado en las oficinas de Lloyd y Vredenburgh, por lo cual regresaría tarde; no teníamos nada que temer por ese lado. Augustus subió el primero a bordo, y yo le seguí un momento después sin que los marineros me viesen. Bajamos inmediatamente a la cámara y la encontramos vacía. Estaba instalada de la manera más confortable, lo cual no era frecuente en barcos balleneros. Había cuatro excelentes camarotes, con literas tan amplias como cómodas. Vi asimismo una gran estufa y una alfombra sumamente espesa y valiosa que cubría tanto el piso de la cámara como el de los camarotes. El techo se encontraba a siete pies de altura; en fin, todo me pareció muchísimo más confortable y grato de lo que había sospechado. Sin embargo, Augustus no me dio tiempo para seguir mirando, pues insistía en que me escondiera lo antes posible. Entró en su camarote, situado a estribor y contiguo a los mamparos. Una vez que estuvimos en él cerró la puerta y le echó el cerrojo. Pensé que jamás había visto un camarote tan bonito como el de Augustus. Tendría diez pies de largo y una sola litera, que, como he dicho antes, era amplia y cómoda. En la parte próxima a los mamparos había un espacio de cuatro pies cuadrados, con una mesa, una silla y anaqueles llenos de libros, principalmente relatos de viajes. Había allí diversas comodidades, entre las cuales no debo olvidar una especie de caja fuerte o refrigerador, dentro del cual mi amigo me hizo ver cantidad de provisiones de boca y de bebidas.


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