Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym La bujía daba una luz tan débil que avancé con mucha dificultad por entre los confusos montones de materiales allí acumulados. Poco a poco, sin embargo, mis ojos se habituaron a la penumbra y pude andar con menos trabajo, sujetándome del faldón de la chaqueta de mi amigo. Después de deslizarnos y dar vueltas a lo largo de innumerables y angostos pasadizos, llegamos por fin frente a un cajón forrado de hierro, como los que se usan a veces para empacar la loza de buena calidad. Tenía casi cuatro pies de alto y seis de largo, pero era muy angosto. Sobre él se veían dos grandes cascos de aceite vacíos, y más arriba cantidad de fardos de paja, apilados hasta el techo de la bodega. Alrededor, y en todas direcciones, amontonado hasta llegar al techo, veíase un verdadero caos formado por toda clase de aparejos navales, conjuntamente con una heterogénea mezcla de canastos, barriles y fardos, al punto que casi parecía cosa de milagro que hubiéramos podido abrirnos paso hasta el cajón. Supe más tarde que Augustus se había ocupado personalmente del arrumaje de esa bodega, a fin de procurarme un escondrijo adecuado, y que sólo había tenido por ayudante a un hombre que no debía formar parte de la tripulación.