Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym Nuestra tarea inmediata consistió en hacer nuestro escondite lo más seguro posible, y a tal efecto pusimos algunos arbustos en la abertura (de la cual ya he hablado, por ser la que nos permitió ver un jirón de cielo azul cuando llegamos a la plataforma provenientes del interior del abismo). Dejamos tan sólo una pequeña abertura, lo bastante grande para permitirnos ver la bahía sin peligro de que nos descubrieran desde abajo. Hecho esto nos felicitamos por la seguridad de nuestro refugio, pues nos hallábamos completamente protegidos de toda observación siempre que permaneciéramos dentro de la hendidura y no nos aventuráramos en la colina. No encontramos la menor huella de que los salvajes hubieran estado alguna vez en la hondonada, pero al reflexionar en la posibilidad de que la fisura por la cual habíamos llegado hasta allí hubiese sido creada por la caída del acantilado opuesto, y que no quedara otra vía de acceso a nuestro refugio, ya no nos sentimos tan contentos de hallarnos aislados de todo ataque, pues nos asustó la posibilidad de no encontrar ningún camino de descenso. Decidimos entonces explorar cuidadosamente la cumbre de la colina en cuanto se nos presentara una buena oportunidad. Por el momento nos limitamos a observar los movimientos de los salvajes valiéndonos de nuestro mirador.